En el mes de junio, la Iglesia nos invita a reflexionar sobre el amor infinito de Jesús hacia la humanidad. Nos llama a dedicar, contemplar e imitar al Sagrado Corazón de Jesús. Lejos de ser un simple recuerdo piadoso del pasado, esta devoción nos sitúa directamente ante el núcleo central de nuestra fe. Representa la certeza viva de que Dios nos ama con un corazón que es, al mismo tiempo, humano y divino, y que nosotros estamos llamados a corresponder a esa inmensa entrega.

La imagen del Sagrado Corazón nos recuerda que Jesús tiene un amor sin medida. Tanto nos ama, que sufre cuando ese amor no es correspondido. Por ello, vivir este mes no se trata solamente de rezar más, sino de demostrarle al Señor con nuestras obras que valoramos su sacrificio, que agradecemos que se haya quedado con nosotros en la Eucaristía y que deseamos seguir con fidelidad el camino hacia la vida eterna que Él mismo nos trazó.

Esta entrañable devoción tiene sus raíces históricas en las revelaciones que recibió Santa Margarita María de Alacoque, una religiosa de la Orden de la Visitación. En aquellas apariciones, Jesús se le manifestó para expresarle cuánto amaba a los hombres y cuánto le entristecía la falta de gratitud. El Señor no se quedó sólo en el ruego de que lo amáramos más, sino que entregó maravillosas promesas para quienes decidan honrar su Corazón, aseguró que dará paz a las familias, nos consolará en nuestras aflicciones, bendecirá nuestras empresas diarias, derramará su misericordia y será nuestro refugio seguro tanto en la vida como en la muerte, bendiciendo especialmente los lugares donde su imagen sea expuesta.

Trayendo esta devoción a nuestro tiempo, el papa Francisco nos ha enseñado que este es un mes propicio para iniciar y vivir una verdadera “revolución de la ternura”. Esta propuesta nos invita a acompañar, sanar y acoger a aquellos que nos rodean, esforzándonos genuinamente por el bien de los demás. En medio de tantas lógicas deshumanizantes del mundo moderno, donde a menudo priman el egoísmo y el individualismo, esta revolución nos impulsa a salir de nosotros mismos y a poner nuestra vida entera al servicio del hermano. De este modo, participamos activamente del amor de Dios, haciéndolo llegar a tantos que lo necesitan a través de nuestras manos y nuestra empatía, convirtiéndonos así en una expresión viva del propio Corazón de Jesús.

Cada día que amanece se nos presenta como una valiosa oportunidad para acercarnos a Cristo. Para lograr esta cercanía diaria, se nos propone un ejercicio espiritual muy sencillo, pero profundamente transformador. Se trata de tener la valentía de detenernos a pensar, un instante antes de cada acción: “¿Qué haría Jesús en esta situación? ¿Qué le dictaría su propio Corazón?”. Ya sea ante un desafío en nuestra familia, en el trabajo o con nuestras amistades, agudizar el oído para escuchar el latido de Cristo, será siempre nuestra brújula más confiable en un mundo lleno de ruidos y distracciones.

En este mes, qué hermoso sería que cada hogar y cada lugar de trabajo tuviera una imagen del Sagrado Corazón de Jesús para contemplar su infinito amor. Asimismo, la Consagración a su Corazón nos permite colocar a Dios definitivamente en el centro de nuestras vidas y proyectos. Juntos, como comunidad, confiemos a Él todas nuestras alegrías, esperanzas y dudas. Pidámosle que sea nuestro guía incondicional, el protector de nuestro hogar y el Rey de nuestros corazones, otorgándonos la fuerza necesaria para cargar nuestra cruz de cada día. Roguemos para que la justicia, la fraternidad, el perdón y la misericordia reinen siempre en nuestra sociedad.

En este mes, dejemos que el Corazón de Cristo transforme y ensanche los nuestros.

P. Juan Rajimon svd