Vivimos tiempos difíciles a causa de la pandemia (Covid-19), que nos ha sorprendido y que produjo importantes cambios en nuestros planes y programas. La incertidumbre nos suele llevar al desaliento. Creo que, en estos tiempos difíciles, una de las virtudes que nos ayudará a seguir caminando es “la esperanza”. En medio de tantas adversidades que vive nuestro mundo, como cristianos estamos llamados a ser constructores de esperanza, dando aliento y fortaleza a tantas personas que necesitan.

La esperanza es lo que nos fortalece para seguir caminando en la vida, en medio de las dificultades que nos desafían a diario. Siempre tenemos la esperanza de lograr un futuro mejor, lo que nos permite soñar con una familia feliz, un trabajo superior, una aventajada situación económica. Nuestro Papa emérito Benedicto XVI nos recuerda al respecto, que “el hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza” (Ángelus, 28 de noviembre de 2010).

En este tiempo, donde las dificultades se multiplican, pongamos en práctica la actitud a la que nos anima el Papa Benedicto XVI, es decir, ejercitemos la esperanza para fortalecernos como persona y familia. En su carta encíclica Spe Salvi, él nos enseña tres pasos esenciales para vivir en la esperanza Cristiana que nos llenará de la fortaleza espiritual necesaria para enfrentar las adversidades del camino.

Para mantener viva la esperanza, es indispensable ejercitar la vida de oración. Es un momento para entrar en contacto con el amor de nuestro Dios Padre que nos habla y escucha. El diálogo personal con Dios, que vivimos en los momentos de silencio y meditación de la Palabra, nos permitirá descubrir la voluntad de Dios en medio de tantas situaciones que atravesamos y la cercanía de Dios nos llena de fortaleza en nuestras debilidades y fragilidades.

El diálogo permanente con nuestro Dios reaviva y renueva la esperanza. San Pablo nos invita a renovar nuestra fe en Dios, para tener un corazón lleno de esperanza. En su carta a los Hebreos nos dice: “la fe es la garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven”. En la medida en que nos abandonamos en las  manos de Dios, iremos descubriendo cómo Dios obra en nuestra vida. La contemplación de la vida, con los ojos de la fe, nos llena de esperanza.

Uno de los momentos cruciales donde nuestra esperanza se pone a prueba, es en el mismo sufrimiento. El dolor, las enfermedades, perdida de nuestros seres queridos… si lo contemplamos desde el misterio de la cruz, nos daremos cuenta que el mismo Cristo nos fortalece y que el amor del Padre nunca nos abandona. Todo sufrimiento, cuando lo vivimos desde el misterio de la cruz de Cristo, seguramente seremos iluminados por la luz de la resurrección, que nos da la fuerza renovada para no declinar y seguir caminando hacia adelante.

Por encima de todo, la confianza plena en un Dios que nos salva y que está a nuestro lado en todo momento, es lo que nos anima en este caminar de la vida. El Papa Benedicto XVI nos invita a confiar en nuestro Dios y nos dice: “el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza” (Spe Salvi, n. 23). Sólo Dios puede colmar totalmente todos nuestros anhelos y esperanzas. La esperanza se va madurando en la paciencia y en la perseverancia.

Que en estos momentos difíciles que estamos viviendo como sociedad, la confianza plena en el amor del Padre nos siga impulsando hacia adelante y que seamos sembradores de esperanza para iluminar las oscuridades de nuestro mundo.

P. Juan Rajimon svd