
En octubre celebramos el Mes de las Misiones y de la Familia. Es bueno que en torno a estas dos celebraciones podamos reflexionar sobre la misión de cada bautizado y el rol de la familia en estos tiempos tan cruciales que estamos viviendo como cristianos, con el gran desafío de retornar a la normalidad después del impacto que ha dejado lo vivido durante la pandemia.
El Papa Francisco nos recuerda en uno de sus mensajes, que el primer desafío desde la fe, es tratar de cuidar y atender a un mundo que está herido por tantas situaciones de enfermedad, crisis económica y dolor por la pérdida de seres queridos agravada por la pandemia. Que la fe y la confianza en Dios nos ayuden a encontrar consuelo frente a tantas heridas que necesitan ser sanadas en nuestra vida.
Pero sin duda que a pesar de estas heridas, también debemos reconocer que este tiempo que hemos transitado, ha sido una verdadera experiencia de amor compartido y vivido en comunidad. Entre tantos meses de emergencia sanitaria, hemos tenido un sin número de médicos, enfermeros y otros agentes de salud que han trabajado incansablemente para cuidar a nuestros enfermos. Ellos nos enseñaron que la vida tiene sentido si estamos dispuestos a amar a nuestros hermanos, servir, gastar y desgastarnos día a día. Y es así que el agotamiento nos abre a la plenitud de la vida, y frente a tanto cansancio, el mismo Jesús nos dice: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11,28-30)
Además, este largo período de encierro que hemos transitado, ha dejado a centenares de estudiantes de nuestra sociedad sin una parte importante de su niñez al privarlos del juego, a nuestros jóvenes al encuentro con sus compañeros y al vínculo que se establece con los docentes en el aula. Como sociedad estamos llamados a recuperar la alegría de nuestros niños y jóvenes, desde el compartir que se genera en la escuela, en los clubes, en las plazas y en las reuniones sociales, donde se logra descubrir la belleza y la importancia de vivir en comunidad.
Y es así como la misión nos invita a reencontrarnos como hombres y mujeres de fe, recuperando los espacios de celebraciones eucarísticas, retiros, encuentros bíblicos, momentos compartidos en catequesis, que nos van nutriendo y fortaleciendo en la fe. La misión nos convoca a poner nuevamente a Jesús, el Salvador, como centro de nuestra vida comunitaria.
Las desigualdades sociales que se han generado en este tiempo por la crisis económica y pérdida de tantas fuentes laborales, nos llama a que desde la fe intensifiquemos la comunión y la solidaridad en nuestro entorno comunitario. Como familias, comunidades e Iglesia, es el momento de acompañarnos unos a otros en esta misión de compartir con los demás, para que haya menos hambre y menos pobreza.
Es por ello que debemos mantener viva la esperanza y la confianza en un Dios que nunca abandona a su pueblo, ya que en la historia de la humanidad se han experimentado nunmerosas situaciones de crisis como la que hemos pasado. Sin embargo, la gracia de Dios, las palabras del mismo Jesús, siempre se han cumplido en nuestras afliccioens: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin de la historia” (Mt 28,20). Que en este mundo herido, la confianza en Dios nos llene de esperanza y podamos contagiar esa esperanza con nuestros gestos de amor concreto que sanan y animan.
Que este tiempo de post-pandemia, nos ayude a estrechar los lazos de comunión en la fe y un gran amor solidario nos impulse al encuentro de los que más nos necesitan. Que la Madre María, misionera por excelencia, nos ayude en este transitar de la vida para poder cumplir nuestra misión de cristianos comprometidos en la expansión del Reino.
P. Juan Rajimon svd
