El 20 de julio celebramos el Día del Amigo, y es acertado reflexionar sobre el gran valor de la amistad, la que nos hace reconocer la importancia de nuestros seres queridos y confidentes que nos significan en la vida. Es oportuno que podamos significar y reconocer el valor que tienen aquellas personas que comparten nuestro transitar por este mundo y el valor que tiene la amistad con Dios en la vida.

Más allá de que celebramos este día como el día de la amistad, en el fondo la amistad es una virtud que hay que festejarla todos los días dando gracias a Dios por el don de los verdaderos amigos que Él nos regala y que están a nuestro lado en todo momento de la vida. Son las personas que uno elige para compartir los momentos importantes de la vida, para confiar y compartir los planes, proyectos y vivencias personales de la vida.

Crecemos en la amistad con Dios cada vez que nos acercamos a su Palabra con la lectura y la meditación, porque ahí descubrimos cuánto nos ama Dios, nos comprende en nuestras miserias humanas y nos anima cuando estamos desanimados. El mismo Jesús nos da el ejemplo de una amistad generosa y desinteresada en la parábola del buen samaritano, que se ocupa del caído y desamparado con compasión y prontitud.

El silencio nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos y entregar en oración nuestros pensamientos, proyectos y sentimientos a Dios, estableciendo el vínculo de amistad con Él. Y cuando dejamos que nuestro silencio interior se enriquezca con la Palabra de Dios, fortalecemos el vínculo y la amistad con nuestro Dios en la fe.

La amistad implica el respeto por el otro y poder crecer en mutua libertad. La verdadera amistad, lejos de anular nuestro individualismo, nos hace crecer como personas con todos los dones y talentos que tenemos. Nos acompaña con una gran generosidad y nos ayuda a cumplir la misión que tenemos en este mundo. La amistad es la que camina a nuestro lado y nos anima a seguir adelante en el camino de la vida.

Además, la verdadera amistad implica cordialidad, respeto y reciprocidad, como nos recuerda San Pablo: “Alégrense con los que están alegres, lloren con los que lloran” (Rom 12,15), porque la amistad es empatía, se identifica y pone en el lugar del otro. Es ser fiel al otro respetando el camino que cada uno emprende en la vida.

El libro de Eclesiástico nos recuerda que “el amigo fiel no tiene precio. El amigo fiel es remedio saludable” (Ecl 6,15). El encuentro de amistad con Dios y la entrega del corazón a Dios en la fe, produce sanación interior, que también puede manifestarse en la sanación física, otorgando los frutos de la alegría, paz y serenidad.

Que la celebración del Día del Amigo, en medio de este aislamiento social, sea una verdadera oportunidad para conectarnos con nosotros mismos y con nuestro Dios, para crecer en esta amistad que nos hace valorar el don de la vida y la de nuestros seres queridos

P. Juan Rajimon svd