
La posibilidad de haber vivido esta primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, de manera personal, ha significado un Kairos. Sentir la gracia de haber sido parte en este proceso de reflexión, en el discernimiento con los laicos/as, sacerdotes y diáconos, obispos y otros invitados de toda América, a sido de gran bendición.
El proceso de escucha que hemos iniciado en nuestras comunidades locales, acompañados por el Documento para el camino presentado en el mes de abril-mayo, fue compartido en nuestras pequeñas comunidades, en las capillas y barrios, buscando la opinión de otras personas que no participan de nuestra comunidad, de los líderes comunitarios, de las pastorales parroquiales, y los centros educativos, nos han dado los elementos y el don de la escucha.
En la primera etapa de este camino, supuso escuchar las diferentes opiniones de la visión de cómo estamos como Iglesia, de que nos falta, cuáles son nuestros dolores y esperanzas; la gente fue respondiendo, los diálogos y documentos fueron hablando. En esta narrativa que fuimos haciendo juntos están presentes las expresiones de cómo estamos viviendo. Las palabras nos ayudaron a elaborar un informe que luego compartimos con la comisión de contenidos, que fue recibiendo nuestros aportes y fueron sobre ellos que posteriormente se elaboró la Síntesis narrativa y el Documento para el Discernimiento.
La experiencia de estar en el grupo de discernimiento fue muy enriquecedora, porque nos invitó a la escucha atenta, respetuosa y fraternal de nuestros compañero/as de camino sinodal. La sinodalidad puesta en práctica y en el ejercicio vivido por cada uno/a.
Iniciamos un proceso y una marcha histórica que no tiene vuelta atrás, nuestra vivencia de la eclesiología latinoamericana y caribeña nos puso a todos en movimiento. Este sentir con la Iglesia desde nuestro lugar de consagrados, con todas las identidades diversas, supone compromiso y coraje para seguir desde allí, apostando a una Iglesia Pueblo de Dios.
En este camino surgieron temas que no pudieron quedar atrás: las comunidades y pueblos originarios, la participación en las decisiones de la mujer, los pueblos afro-descendientes, una pastoral urbana que responda de veras a los nuevos desafíos, y que no sea sólo otro evento más, sino que con la audacia del Espíritu nos situemos en las fronteras, siguiendo los cuatros sueños proféticos planteados en la exhortación apostólica post-sinodal “Querida Amazonía” (2020).
Toda esta reflexión, este movimiento que viene desde abajo, tiene que ser escuchado en las instancias y estructuras locales, diocesanas y nacionales, es por ello que será de vital importancia el aporte de cada uno/a de nosotros/as a las invitaciones del Espíritu Santo, que nos llama a una transformación personal y pastoral, en continuidad con el proceso que se viene realizando desde Aparecida (2007). Agradecer al Señor esta experiencia única y pedir que el desborde del Espíritu nos lance a la misión aquí y ahora.
Hno. Raúl Acosta svd
Mensaje de las hermanas y los hermanos que participamos en la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe
Las hermanas y los hermanos miembros de la delegación CONFAR (Conferencia Argentina de Religiosas y Religiosos) en la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, queremos compartir con la Vida Religiosa en Argentina nuestra experiencia de estos días.
Ha sido una oportunidad y una riqueza enorme haber podido participar en este evento histórico de la Iglesia en América Latina y el Caribe. Hemos podido intervenir y participar con nuestras voces en los resultados de la Asamblea. Puede que lo generado, esté aún muy por pulir y trabajar de cara a hacer orientaciones para todo el Pueblo de Dios que camina en el Continente. Pero el resultado lo hemos elaborado entre todos los presentes, en los grupos de discernimiento. No es que hayamos trabajado a partir de una iluminación que nos venga de afuera, sino que todos hemos participado y generado conocimiento compartido, cada uno ha podido escuchar en su yo al Espíritu, que habla por medio del tú (prójimo en nuestras diferentes realidades) y entre todos hemos construido un NOSOTROS/AS en el Espíritu de Jesús.
La invitación a vivir en sinodalidad nuestro discipulado, tuvo concreción en los espacios presenciales y virtuales que fueron previstos.
Los grupos de discernimiento han sido una experiencia extraordinaria de diversidad de países y lenguas, buscando hacer criterios juntos, pensando juntos (como decía Mons. Angelelli). Con una actitud de diálogo, de escucha respetuosa y una mirada contemplativa de la realidad que permitió nuestra apertura al Espíritu y vivir este tiempo de gracia como un nuevo Pentecostés. La presencia fraterna, sororal, todos sentados a la mesa familiar que nos reunía en estos grupos nos permitió gustar este modo de vivir nuestra eclesialidad. Allí no hubo distinciones, sólo hermanos y hermanas conversando sobre las cuestiones familiares. Celebramos estos encuentros donde las voces de distintos lugares y maneras de ser Iglesia se manifestaron. Un pentecostés, donde todos nos pudimos sentar como discípulas y discípulos del único Maestro.
Nuestra experiencia como asambleístas, ha sido llena de regalos del don del Espíritu que nos dio las herramientas para asumir la tarea de ser voz, pero principalmente de escuchar lo que la Iglesia Latinoamericana y Caribeña expresa en sus dolores, esperanzas y reclamos. Esta permanente invitación a la escucha atenta posibilitó dejarnos atravesar existencialmente por vidas, rostros, realidades, márgenes que aún esperan presencia que propicie el encuentro, desafiándonos a nuevos gestos, más audaces y convocantes que se nutran y propongan la genética sinodal. Fue revelador escuchar/contemplar, en primera persona, los clamores de los pueblos afrodescendientes e indígenas en el continente. Esto aportó una nueva comprensión de la multiculturalidad continental, que pronunciamos muchas veces sin dimensionar su alcance.
Ha quedado resonando en nuestro corazón el llamado a la conversión pastoral (D.AP. nº 11 y 12). También el llamado a una evangelización desde la Doctrina Social de la Iglesia, que lleve a cada bautizado a un compromiso profético.
La certeza del desborde del Espíritu nos alentó a no poner límites a la esperanza de sinodalizar vínculos, procesos, itinerarios, gestos, iniciativas que sean expresión profética de una Iglesia mestiza, fértil en el martirio y la audacia evangelizadora. Nos sentimos Iglesia que quiere caminar hacia la reforma que llamamos sinodalidad, que sale a hacer presente el Reino en todo el continente, que escucha el clamor de tantos que han sufrido, y las alegrías de otros.
La asamblea nos llamó a seguir saliendo a la escucha y seguir caminando con todos, llegando a un consenso. Nos ayuda a caminar, no nos dio respuestas, sólo nos ilumina por donde creemos que el Espíritu nos impulsa. Somos conscientes que, los desafíos pastorales que asumimos, comienzan por cada una/o, en el compartir y el trabajar para que la Iglesia sinodal, con rostro latinoamericano y caribeño, acontezca.
Esta Asamblea tuvo su inicio en el riquísimo y amplio proceso de escucha. Hemos asumido que toda escucha inicia una travesía, un camino. Sentimos que hemos comenzado un camino. Lo vivido en comunión con tantas hermanas y tantos hermanos del continente ha sido un paso muy importante, tal vez fundante de lo que viene. Pero sabemos que queda mucho por andar y nos animamos a seguir ‘entramando’, con sabor a evangelio y a sinodalidad.
Hemos vivido está Asamblea Eclesial como una enorme gracia y con gran alegría el ser parte activa de este proceso sinodal que comenzó en la Iglesia de América Latina y el Caribe.
María de Guadalupe nos sigue repitiendo como a Juan Diego: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?” Con esta confianza nos animamos a vivir la novedad, con audacia evangélica y terca esperanza.
Hermanas y Hermanos de la Delegación Confar
en la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe
