
El Padre Carlos Kober SVD, no tuvo la frondosidad del cañafístola, ni la galanura del lapacho en flor: nació para ser y fue un Urunday. Fiel a su estirpe nació en la Tierra colorada, aferró sus raíces en corazón de la Piedra Mora: Jesucristo. No tuvo la engreída altives del pino, ni el lírico silbar del eucalipto en viento norte: fue Urunday, casi desnudo, silencioso y aparentemente solitario.
No precisaba mucho para echar sus raíces en Jesús, tender sus manos a los pobres, les bastaban un viejo rosario negro, un breviario bastante desgastado, el largo libro de cantos preparado por el padre Lorenzo Bovier y casi nada más.
Nació para ser Urunday, no el preciado cedro para un lustre y bien lijado; fue Urunday, áspero de corteza, de tierna albura y noble cerno. Por su aspereza fue muy criticado, por ternura ironizado y por su nobleza, por muy pocos valorado; pero esto nunca lo amedrentó, ni se afanó en ser reconocido, sólo buscó el Reino de Dios y trabajó por su justicia.
Fui uno de los gurises privilegiados, que domingo a domingo, íbamos con él a celebrar en las capillas de la zona desde Fachinal a La Invernada, y desde Tacuaruzú a Las Quemadas. En eso de andar a su lado, una tarde de enero de 1986, paró su “multicarga” blanca frente a casa y desde el portón me dijo -sin consultar-: “tal día hay un campamento vocacional en Garuhapé para los que quieren ser sacerdotes, allí van a estar los seminaristas de Fátima y vos tenés que ir”. Como no era una consulta, sino una orden, acepté sin ningún tipo de cuestionamiento y, allá lo pasamos lindo. En ese campamento conocí al P. Alberto Klein que entonces, cursaba la última etapa de su formación. Al año siguiente, nos acompañó al Campamento vocacional que hizo el clero diocesano en el CEPAMÍ… Y en la nublada y fría tarde del 6 de marzo de 1987 hasta la puerta de Fátima donde me esperaban los PP. Francisquito Senfter, Pascual Cardozo y Eugenio Basinski.
Del Padre Carlos Kober SVD puedo contar “mil” cosas que las guardo en el corazón, pero les dejo con esta imagen: fue un Urunday de tierna albura y ¡gran corazón!
Padre Carlos, por ser el padre que fuiste: Gracias, recio Urunday porque me hiciste verbita, y no dejes de rezar por mí ahora que estas en el cielo.
P. Héctor Arrúa svd




Artículo relacionado
