Estamos próximos a celebrar el Día del Padre, una ocasión propicia que nos invita a agradecer a Dios por el don de la vida y el invaluable regalo de la paternidad. Inmersos en las complejas y difíciles situaciones que atraviesa nuestro mundo de hoy, honrar al padre –quien, junto a la madre, es protagonista indispensable en la vida de sus hijos– es un acto de justicia y gratitud. Su misión de amar, educar, estimular, nutrir y formar para la vida es un verdadero motivo de celebración.

Como nos recuerda la Palabra de Dios: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura por quienes lo temen» (Salmo 103,13). En cada padre y madre contemplamos un destello de la plenitud del amor divino. Ellos son partícipes de esa obra maravillosa de Dios, entregándose sin reservas en la crianza y formación integral de sus hijos, siendo ejemplos cotidianos de bondad, compasión y entrega generosa en el seno del hogar.

El Corazón de Jesús refleja el horizonte de esta misión paterna. Nos invita a vivir centrados en el otro, buscando siempre la oportunidad de servir y dar vida al estilo del mismo Maestro. Cuando el amor entre los padres se basa en el respeto mutuo, la comunicación abierta y la colaboración, se permite que aflore un ambiente de paz y armonía. Al amarse y apoyarse mutuamente, están demostrando a sus hijos ese amor de Dios que los une y fortalece su núcleo familiar.

La paternidad va siempre de la mano con la irrenunciable misión educativa. Todo padre de familia tiene el desafío de mantener un sano equilibrio, brindar la cercanía y el afecto que el desarrollo emocional de los hijos necesita, pero también marcar los límites necesarios para la vida. Al respecto, el Papa Francisco nos recordó: «Un papá es feliz cuando ve que su hijo ha aprendido a caminar por la vida con sabiduría y rectitud. Es lo que uno ha enseñado: el hábito de sentir y obrar, hablar y juzgar con sabiduría… enseñando y corrigiendo los errores, haciendo sentir un afecto profundo y, al mismo tiempo, discreto».

A ejemplo del mismo Jesús, la vocación paterna consiste en construir una base sólida de valores cristianos que guiarán a los hijos y les permitirán crecer en un ambiente de fe, amor y esperanza. El cuidado y la ternura que los padres brindan reflejan el amor compasivo de Jesús hacia los más vulnerables. Asimismo, en este amor por los hijos, celebramos la incondicionalidad del amor de Dios por cada uno de nosotros, quien nos guía pacientemente por el camino del bien y la verdad.

Este es un tiempo que nos invita a fortalecernos espiritualmente, confiando en nuestro Dios que nos sostiene en todas las circunstancias. Ojalá que podamos encontrar momentos para rezar juntos, leer y meditar su Palabra, y participar de la Eucaristía en familia para agradecer por el don de la vida. Que en cada hogar se exalte la paternidad con un corazón lleno de gratitud, reconociendo a la familia como una verdadera escuela de amor. Allí aprendemos a aceptar las diferencias, a colaborar mutuamente y a superar los contratiempos con la confianza puesta en el Señor, sabiendo que las adversidades son excelentes aprendizajes que nos fortalecen.

Que al evocar el próximo domingo el Día del Padre, vivamos una verdadera oportunidad para estrechar los vínculos familiares, celebrando la bendición de ser una familia donde reina la paciencia, el amor y la esperanza.

P. Juan Rajimon svd


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