
Estamos prontos a cumplir dos años de aislamiento social a causa de la pandemia más larga que hemos conocido (Covid-19). Es una realidad que ha modificado nuestras costumbres y formas de vivir. Fueron momentos de grandes incomodidades a las que nos fuimos acostumbrando a transitar. Además de la pandemia, seguimos enfrentando el impacto de la crisis económica que cada vez más nos sumerge en momentos más críticos de nuestra vida. En medio de tantas situaciones que a menudo nos quitan la alegría de vivir, es oportuno que podamos reflexionar sobre la necesidad de construir día a día, un camino de felicidad a pesar de tantas adversidades que enfrentamos.
Por eso los invito a meditar sobre el camino de felicidad que nos regala el P. Anselm Grün (en su escrito “El pequeño libro de la alegría”), y evitar así que tantas situaciones agobiantes de la vida nos quiten la alegría interior. En primer lugar, frente a los problemas de la vida, la verdadera esperanza radica en que todo ser vive el profundo deseo de buscar la felicidad en su existencia. Sin embargo, es necesario allanar este camino para encontrar y gozar de la felicidad que nos ofrecen las cosas sencillas de la vida.
Más de una vez suponemos que la falta de felicidad tiene su origen en los disgustos y contratiempos que vivimos en nuestra vida diaria. A veces consideramos que un día feliz es aquel donde no hemos tenido ningún disgusto ni desgracia. Obviamente, frente a estas situaciones, nuestra infelicidad se incrementa según la forma que reaccionamos ante situaciones particulares.
Sin embargo, la verdadera felicidad no pasa por las situaciones de incomodidades, problemas, malestares, que son parte de la vida, sino que consiste en la forma que percibimos esta realidad, la interpretamos y la enfrentamos. Muchas de estas situaciones, cuando las aceptamos con calma, sin duda ya está en camino de solución. Sin embargo, cuando dejamos que el malestar invada el corazón y la mente, abrimos las puertas a los disgustos y estas situaciones nos van enfermando y quitando la alegría interior.
El Evangelio nos invita a reconocer la verdad de nuestro corazón, para ver dónde colocamos la seguridad de nuestra vida. Nos recuerdan las bienaventuranzas: “Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos…”, abriéndonos a la búsqueda de nuestras seguridades en la misma fe y confianza en la protección de nuestro Dios (cf. Lc 12,16-21). Seremos depositarios de la verdadera felicidad en la medida que mantengamos un corazón pobre dependiente de Dios y capaz de dar con generosidad desde el amor, sabiendo que el amor y la misericordia de Dios es la mayor riqueza de la vida.
El verdadero camino de la felicidad comienza en el interior de cada persona y es allí donde debemos seguir fortaleciéndonos y purificándonos para conservar la serenidad, la paz y la calma interior. Esta felicidad no la encontramos a través de otras personas, ni tampoco en los grandes éxitos de la vida, sino que depende de la búsqueda interior de cada uno y el silencio interior que mantenemos para encontrar la felicidad que hay en el corazón. Como nos dice el P. Anselm Grün: “la felicidad es como el mar: sólo cuando está totalmente en calma se refleja en él la belleza del mundo. Sólo cuando estamos parados se refleja en nosotros el esplendor que nos rodea. Entonces sentimos la alegría que descansa en nosotros».
Que cada día sea una nueva oportunidad para vivir la felicidad y la alegría que nace del corazón. Sólo así seremos mensajeros de esta felicidad, a pesar de las adversidades de la vida.
P. Juan Rajimon svd
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