
Cuaresma es un tiempo especial de reflexión que la Iglesia nos regala para vivir y fortalecer nuestra fe. Esta cuaresma que se inicia con la celebración del Miércoles de Ceniza, nos abre a un tiempo especial de gracia para encontramos con nosotros mismos y profundizar el misterio de nuestra salvación que seguramente nos hará crecer en la fe, en la esperanza y en la caridad. Es un tiempo de renovación interior en medio de tantas situaciones difíciles que atravesamos, para transitar junto a Jesús el mismo camino hacia Jerusalén, que representa el camino del dolor de la cruz, pero también el camino de la esperanza.
En esta cuaresma son tantas las situaciones que se asemejan al camino que el mismo Jesús hizo hacia Jerusalén: la dura situación de la crisis económica que golpea a miles de familias de nuestra Patria; el impacto del cambio climático que vivimos; el sufrimiento por las guerras y las consecuencias irreparables que estas producen… son miles de familias las que están transitando el camino de la cruz. Por eso, que esta cuaresma sea una verdadera oportunidad para transitar desde la fe este camino que seguramente renovará nuestras fuerzas.
Para que esta cuaresma sea un verdadero enriquecimiento espiritual, en primer lugar, es oportuno que podamos acercarnos a la Palabra de Dios, que será nuestra guía en los momentos de dolor y adversidad. Ojalá que en estos cuarenta días podamos disponer de un tiempo para contemplar la Palabra de Dios que profundiza nuestra cercanía con Jesús y nos regala una fe viva ante los contratiempos. Que sea esa Palabra una guía para nuestra oración personal, que seguramente nos fortalecerá y ayudará a sembrar esperanza ante tantas situaciones que nos llenan de ansiedad y desaliento.
El ayuno es una de las prácticas cuaresmales que nos recomienda la Iglesia para fortalecernos espiritualmente y mantener la unión con Dios, liberándonos de todos los apegos materiales. Nos da la fuerza de voluntad para seguir luchando contra nuestros apegos desordenados y así centrarnos en el amor a Dios y al hermano desde un corazón sincero. Se trata de una renuncia que nos permita centrarnos en lo esencial de la vida, que se orienta al mismo Creador.
El ayuno en este tiempo cuaresmal no es solamente de alimentos, sino que también debemos dar un paso para ayunar de los pensamientos, actitudes y deseos que no nos ayudan a desarrollarnos en la vida. Es un tiempo para fortalecer los vínculos familiares y comunitarios desde un compartir sincero y generoso. Si logramos el ayuno de tantas negatividades, seguramente obtendremos una mente positiva, capaz de confiar en la gratuidad de Dios y compartir este regalo con nuestros seres queridos.
El ayuno va unido a otra práctica cuaresmal que nos propone la Iglesia, que es la limosna o la caridad fraterna. Es aprender a confiar en la divina providencia, ser agradecidos por lo que Dios nos da y compartir con alegría con los que más sufren las carencias en nuestra sociedad. Cada vez que ejercitamos la caridad fraterna damos testimonio del amor de Dios que llena nuestra vida.
El Papa Francisco nos invita a ser personas de esperanza en este tiempo: Estemos más atentos a “decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan”, en lugar de “palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian” (Fratelli Tutti, 223). A veces, para dar esperanza es suficiente con ser “una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia” (ibid. 224).
Que este camino cuaresmal nos fortalezca como personas y comunidades, nos ayude a crecer en santidad y que seamos personas de esperanza.
P. Juan Rajimon svd
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