En septiembre celebramos el Mes de la Biblia, un tiempo de gracia que culmina el día 30 con la memoria de san Jerónimo. Este gran santo dedicó su vida entera al estudio minucioso y a la traducción de las Sagradas Escrituras al latín, dejándonos un legado invaluable. Esta conmemoración nos brinda una oportunidad preciosa para otorgar un lugar prioritario a la Palabra de Dios en nuestra vida, permitiendo que nutra nuestro espíritu con su fuerza y sabiduría transformadora.

Este tiempo nos invita a profundizar en el conocimiento y la comprensión de las Escrituras, enriqueciendo tanto la vida personal como la de nuestras comunidades. El Papa León XIV, en su primera intención de oración para este año 2026, nos ha invitado con insistencia a que la Palabra de Dios sea el centro dinámico y la guía de nuestro accionar de cada día. Él nos recordó: «Que nuestra fe madure en el encuentro contigo a través de tu Palabra, movilizándonos, desde el corazón, a salir al encuentro de los demás, servir a los más vulnerables, perdonar, tender puentes y anunciar la vida».

El Papa nos convoca a redescubrir la fuerza viva de la Escritura como el «lugar privilegiado de encuentro con Cristo». Con la convicción de que caminamos «a través de la oración la Palabra de Dios», él nos propone que la Biblia sea vista como una luz indispensable para el discernimiento, un alimento reconfortante en los momentos de cansancio, una esperanza firme en medio de las tinieblas y el fundamento sólido de una Iglesia construida enteramente sobre el Evangelio.

La lectura orante y la meditación de la Palabra nos ayudan a interpretar los acontecimientos de la historia desde una perspectiva divina. Esto nos permite trascender nuestros límites humanos y llenarnos de una esperanza activa, tal como sucedió con los grandes personajes bíblicos.

Cada vez que meditamos la Escritura, abrimos el corazón para que nuestra voluntad sea dulcemente guiada por las verdades eternas que ella transmite. La lectura diaria y la meditación de la Palabra constituyen el espacio donde, desde la fe, aprendemos a escuchar diariamente las Escrituras, a dejarnos interpelar por ellas y a permitir que guíen las decisiones personales y comunitarias.

San Pablo nos inspira profundamente al resaltar el valor formativo de la Escritura en su carta a Timoteo: “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Tim 3,16-17). Todo cristiano que desea madurar en su fe encuentra en la Palabra una guía que orienta sus pasos, acercándolo de forma íntima al pensamiento y a la voluntad del Padre. De este modo, la Palabra de Dios moldea y define nuestra identidad cristiana.

Además, la Palabra abre la puerta al misterio de Dios. Al leerla y meditarla, nos identificamos progresivamente con la voluntad divina que se manifiesta en la historia y en nuestras vidas. San Pablo escribe: “Él hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, y nos dio a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo: reunir todas las cosas en Cristo, en el cumplimiento de los tiempos establecidos, así las que están en los cielos como las que están en la tierra” (Ef 1,8-10).

Dejémonos iluminar, por lo tanto, por la gracia de la Palabra de Dios. Que su fuerza transformadora disipe las sombras de nuestra vida y nos permita recuperar la frescura y el poder de la Sagrada Escritura. Hagamos de la Palabra un alimento espiritual cotidiano que fortalezca el corazón, guíe nuestras decisiones y nos sostenga en el camino de la fe. Que la Palabra de Dios sea, hoy y siempre, la brújula y la mejor compañía en nuestra vida diaria.

P. Juan Rajimon svd


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