La Pascua no es simplemente una fecha en el calendario litúrgico, es el grito de victoria de la vida sobre todo aquello que intenta oprimir al ser humano. En esta ocasión, quisiera reflexionar sobre el mensaje de nuestro Papa León XIV, el cual ilumina nuestra vida como cristianos. En un mundo que a menudo parece caminar entre sombras de incertidumbre y conflicto, su palabra emerge como un faro de luz necesaria, recordándonos que ninguna piedra es tan pesada que no pueda ser removida por la fuerza del amor.

La celebración pascual nos invita a ser personas de luz. Así lo vivimos en la Vigilia, que inició con la bendición del fuego para significar que la Resurrección de Cristo, hace nuevas todas las cosas. Como bien señala el Santo Padre, somos llamados a ser “lámparas para el mundo”, portadores de una esperanza que no se guarda para uno mismo, sino que se entrega generosamente para disipar las tinieblas del prójimo.

Este compromiso se fundamenta en una verdad transformadora que el Pregón Pascual resume con fuerza: “Esta noche santa […] expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”. No estamos ante una victoria política o militar, sino ante la derrota del orgullo y la división a manos de la humildad y la entrega total.

Frente a tantas manifestaciones de pecados estructurales que se presentan hoy como “barreras muy pesadas que nos encierran y nos separan de Dios”, intentando acallar cualquier palabra de esperanza, el Papa nos advierte sobre los «sepulcros» que aún hoy permanecen cerrados: “Algunas piedras oprimen el corazón del hombre, como la desconfianza, el miedo, el egoísmo y el rencor; otras, consecuencia de las primeras, rompen los lazos entre nosotros, como la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones”.

Ante estas realidades, la Pascua es una invitación a la valentía. Así como las mujeres en la mañana de la Resurrección no se dejaron intimidar por la guardia ni por el sello del sepulcro, nosotros estamos llamados a no dejarnos paralizar. La historia nos demuestra que muchos hombres y mujeres, fortalecidos por la gracia, han logrado remover esas piedras, dejando frutos de bien que aún hoy disfrutamos.

La invitación del Papa es clara: no podemos ser meros espectadores de la Resurrección; debemos ser sus testigos. El «Aleluya» que proclamamos debe ser cantado no sólo con los labios, sino con la vida misma, a través de las obras de caridad y la búsqueda constante de la unidad. Citando a San Agustín, el Papa nos recuerda que el horizonte es la fraternidad universal: ser “muchos hombres y un hombre solo; muchos cristianos y un solo Cristo”. Sólo así podremos construir un mundo nuevo donde la reconciliación gane terreno al conflicto.

La Pascua es, en definitiva, el recordatorio de que “el hombre puede matar el cuerpo, pero la vida del Dios del amor es vida eterna”. Ningún sepulcro tiene el poder de aprisionar la esperanza para siempre. Esta es una invitación para cada bautizado, para cada familia y para cada nación. Es el mismo saludo que Jesús dirigió a las mujeres: “Alégrense”. (Mt 28,9).

Que esta alegría se transforme en el motor que nos impulse a sembrar el Evangelio en cada corazón y a trabajar incansablemente por la paz. Dejémonos inspirar por el ejemplo de quienes nos precedieron y hagamos nuestro el compromiso de que, en todas partes y siempre, crezcan y florezcan los dones pascuales de la concordia.

P. Juan Rajimon svd


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