Después de dos largos años de aislamiento, una nueva cuaresma nos invita a la conversión, en este camino de dolor que provoca la guerra que hoy afecta a toda la humanidad. Las oscuridades que inducen a la violencia y la falta de caminos que conduzcan a la paz, nos aleja cada vez más de nuestra verdadera naturaleza humana. Es oportuno que podamos reflexionar sobre el camino de paz que hemos de promover como sociedad, especialmente en esta cuaresma, en la que la Iglesia nos invita a emprender un camino hacia la conversión.

En este siglo XXI que transitamos nos sorprende la nueva ola de violencia que genera la guerra y la impotencia que invade a la humanidad frente a tantas situaciones de injusticia. Ante estas realidades de desconcierto, es bueno que podamos unir nuestros esfuerzos para encontrar caminos de paz que nos guíen en medio de tantas oscuridades que nos rodean. Para ello, uno de los primeros pasos a seguir es detectar y tomar consciencia de tantas manifestaciones de violencia que encierran muchas de nuestras acciones cotidianas y que necesitan ser transformadas.

Si realizamos una mirada crítica a nuestra realidad, nos damos cuenta de tantas situaciones de violencia que tal vez nos fuimos acostumbrando de manera inconsciente, como el trato con la pareja, la convivencia en el hogar, la forma en que manifestamos una disconformidad, nuestras expresiones en las redes sociales, medios masivos de comunicación, etc. Obviamente, cada vez que sembramos violencia, la cosecha serán frutos de violencia en nuestro entorno social.

Es que el único camino para encontrar la paz es sembrar las semillas de paz y armonía que están en cada uno de nosotros. La violencia se supera cuando conscientemente estrechamos los lazos de amistad, cooperación, solidaridad y ayuda mutua, que enaltece nuestra esencia como seres humanos, llamados a vivir en comunidad y en sociedad. En nuestra búsqueda de la conversión hacia la paz, es bueno contemplar al mismo Jesús, que nos enseña a superar la violencia desde el amor: “Aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón (Mt 11,29). Nos invita a un amor generoso capaz de dar vida.

El camino para lograr la paz requiere de la virtud del equilibrio, que nos anima a reconocer y aceptar como es. Nos impulsa a conocernos tal como somos y reconocer el valor de aquello que Dios ha puesto en nuestro camino. La violencia se supera cuando nos acercamos al otro desde el amor y la confianza puesta en el mismo Dios. Una comunidad fraterna se logra cuando hay un sincero deseo de convivir, poniendo en común las diversidades, reconociendo el valor del otro que también tiene sus límites. En esta cuaresma ojalá que podamos salir al encuentro del hermano con humildad y apertura, sabiendo que nos necesitamos los unos de los otros.

El camino cuaresmal nos invita a practicar la virtud del servicio. En los pequeños servicios que hacemos en favor de los demás nos acercamos al mismo Jesús que nos dijo: “…el que quiera entre ustedes ser el primero, que se haga el servidor; así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,27-28).

Que esta cuaresma no pase desapercibida y sin dedicar tiempo para la reflexión y así seamos conducidos por el espíritu de amor, fraternidad y servicio humilde en favor de tantas personas que nos necesitan para construir un mundo de paz. Unamos nuestros esfuerzos para alcanzar la paz interior y poder compartirla en la familia y la comunidad.

P. Juan Rajimon svd


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