El inicio del mes de noviembre nos marca un tiempo de gracia, que comenzamos con dos celebraciones entrañables para nuestra fe cristiana: la solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos. En el contexto de estas festividades que acabamos de vivir como Iglesia, resulta un momento propicio para detenernos a reflexionar sobre el gran misterio de la vida, un misterio que trasciende nuestro paso temporal por esta tierra y nos abre las puertas a la eternidad.

Estas dos celebraciones nos invitan a contemplar el camino de santidad que estamos llamados a recorrer. Los santos que ya gozan de la presencia de Dios no están lejos de nosotros, al contrario, mantienen lazos invisibles pero reales de amor, oración y comunión continua con nuestro caminar. Inspirado por la Palabra de Dios en el libro del Apocalipsis, el magisterio de la Iglesia nos recuerda una verdad profundamente consoladora: la muchedumbre de los santos de Dios nos protege, nos sostiene y nos conduce. ¡Qué inmensa paz nos da saber que no transitamos la vida en soledad!

Precisamente este 1º de noviembre, durante el rezo del Ángelus y a muy pocos días de su visita a nuestra tierra, el Papa León XIV iluminó esta celebración con un mensaje tan cercano como interpelante. Nos recordó con firmeza que “la santidad no es un privilegio para pocos, sino una vocación universal que nos apela a cada uno de nosotros allí donde vivimos”. El Papa nos invitó a mirar a esa inmensa multitud anónima que hace de su existencia una entrega a los demás, asegurando que “los santos y las santas son el signo más hermoso y más fuerte del Reino de Dios que viene”.

Al pensar en la santidad no debemos limitarnos únicamente a quienes han sido proclamados en los altares. León XIV nos instó a ser verdaderos constructores de paz, respondiendo con mansedumbre frente a la violencia, practicando el perdón y buscando la justicia en lo cotidiano. Esta santidad se entrelaza con el esfuerzo diario, vivido con paciencia y entrega. Es esa «santidad de la puerta de al lado» que vemos en el testimonio de los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en los hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su hogar, o en los enfermos y abuelos que, a pesar de sus fragilidades, siguen regalando una sonrisa.

En medio de los desafíos y las esperanzas de nuestro presente, dejémonos inspirar por los signos de santidad de tantas personas anónimas que viven con fe inquebrantable, amor genuino y caridad fraterna. Asumamos el reto de este camino recordando el mandato del Señor: “Sean santos, porque yo soy santo” (Lv 11,45). Que, como nos pide el Papa, nuestros pequeños gestos de solidaridad logren superar la lógica del egoísmo.

Asimismo, la Conmemoración de los Fieles Difuntos nos impulsa a rendir un sentido homenaje a nuestros seres queridos que ya han partido hacia la casa del Padre. Muchos de ellos nos enseñaron de cerca, con sus propias vidas, el camino de la fe. Recordarlos no debe entristecernos, sino ser motivo de esperanza y alegría al saber que están llamados a la vida eterna. Los honramos ofreciendo por ellos nuestra oración constante, las indulgencias y nuestras obras de caridad, pidiendo a la misericordia divina que alcancen el descanso eterno.

Ambas conmemoraciones nos devuelven a nuestra verdadera identidad: somos peregrinos. Caminamos por esta tierra hacia un destino común que nos recuerda que fuimos creados para ser ciudadanos del cielo. Que la fe en Dios nos impulse a vivir cada día con pasión, a abrazar profundamente nuestra vocación a la santidad y a confiar plenamente en que seremos partícipes de su infinito amor en la vida eterna.

P. Juan Rajimon svd


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