Un breve comentario a la Carta apostólica “Patris corde”

Por Roberto Duarte svd
A finales del año 2020, tiempo marcado por diferentes pandemias que azotan nuestro entorno planetario, el Papa Francisco nos sorprende con una llamativa y cuestionante Carta apostólica Patris corde, a propósito del 150 Aniversario de la declaración de San José como Patrono de la Iglesia universal. En la querida e inspiradora figura de san José, Francisco nos ofrece una refrescante fuente de fe y compromiso para nuestros aciagos tiempos, en donde en ocasiones, se nos nubla la esperanza, y el horizonte de la humanidad se nos pinta de confusiones y temores, ciertamente fundados en datos y sucesos que se desmoronan diariamente.
En la introducción de la Carta, nuestro pastor, al presentar rasgos de la realidad que nos toca experimentar en este tiempo, nos anima a “enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración”. Me valdré de estos ejes, a la sombra de san José para tratar de vislumbrar algunas pistas que puedan ser para nosotros, orientación y animación a la vez, en época de reinvenciones personales, sociales y eclesiales.
Readaptando rutinas
“Ya nada será igual, todo debe ser mejor”, es una lúcida afirmación sostenida como proyección de nuestras vidas, en el contexto de una “nueva normalidad” pospandémica. Un inesperado virus o tal vez, ya suficientemente alertado por la comunidad científica, ha sacado a la luz nuestra humana finitud y nuestra impotencia operativa social ante un hecho de que un microscópico ser, perteneciente a la comunidad de vida, altere totalmente nuestra cotidianidad. De tal manera que estamos llegando a un punto en donde nos percibimos diferentes, fragilizados y con una profunda invitación, en el mejor de los casos, a ubicarnos de manera nueva en el espacio y tiempo que nos toca habitar. Nos hemos desconectado y ubicado por encima de la sagrada red de la vida, de la cual surgimos y pertenecemos; esa especie de desarraigo y traición a lo que realmente somos, y estamos llamados a ser, la estamos pagando caro y con mucho sufrimiento.
¿Continuaremos transitando la aventura de la vida, encandilados por los impulsos de poder y tener, alimentados por un sistema que nos está llevando a un límite suicida? La humanidad y misión de san José nos ofrecen una fuerza iluminadora que nos puede sostener e inspirar en este tiempo:
Custodiar la sagrada y frágil vida: “… cada persona necesitada, cada pobre, cada persona que sufre, cada moribundo, cada extranjero, cada prisionero, cada enfermo son ‘el Niño’ que José sigue custodiando. Por eso se invoca a san José como protector de los indigentes, los necesitados, los exiliados, los afligidos, los pobres, los moribundos” (PC 5). En nuestro contexto, tal vez hemos redescubierto crudamente los rostros del “Niño” quebrado y, sin poder respirar, sin adecuada atención, a “María” clamando un espacio en las puertas de hospitales, sin representar número o un lugar en las noticias. Miles de corazones y manos, al igual que san José, han sido y son expresión del corazón amoroso de un Dios que cuida y ama la vida.
Esta custodia amorosa de la vida, de manera irrenunciable, debe extenderse a toda la comunidad viviente: los seres vivos en su totalidad somos necesarios y sagrados, pues manamos de una fuente común, misteriosa y divina. Detener el ecocidio es un llamado urgente hoy, desde una profunda conversión ecológica, que nos lleve de nuevo a religarnos con la Vida y el Cosmos, saliendo al encuentro de la vida y de Dios, o dejarnos encontrar por Él, en la vida que languidece, en las miradas desnutridas, en los ríos que en otros tiempos fueron y que hoy son cloacas o venas resecas que surcan la Tierra, en la biodiversidad cada vez menos diversa.
“Debemos preguntarnos siempre si estamos protegiendo con todas nuestras fuerzas a Jesús y María, que están misteriosamente confiados a nuestra responsabilidad, a nuestro cuidado, a nuestra custodia. El Hijo del Todopoderoso viene al mundo asumiendo una condición de gran debilidad. Necesita de José para ser defendido, protegido, cuidado, criado” (PC 5).
Levantando miradas
Creo que dos de los mayores signos de los tiempos más impactantes de hoy son la crisis climática y la liberación de la mujer. A estos gritos-clamores de alta importancia, hay un signo no menos relevante y que, a la luz de la Carta apostólica que nos convoca, cobra mayor sentido, si así lo asumimos: la generación y acogida de una nueva masculinidad. Estamos invitados a repensar nuestra masculinidad como oportunidad de emprender el viaje hacia lo genuino, hacia quien queremos realmente ser más allá de lo aprendido, de lo normativo, de lo mecánico. En un bosque nativo hay nutrición y medicina para diversas dolencias, porque las plantas son diversas, así somos los varones en libertad. Urge desarmar el monocultivo de la mente, encontrar nuestra singularidad, nuestro deseo profundo, nuestra medicina y ofrendarla a este mundo roto.
San José ha roto con las expectativas sobre lo que se esperaba de un varón israelita de su época; es el padre, esposo, habitante de su tiempo, el ser humano “justo” que, en medio de temores e incertidumbres, encuentra vías para acoger y vislumbrar un proyecto mayor que desea propiciar y alimentar. “La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda de cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio” (PC 4).
La oración final de la Carta nos presenta a José como la persona con quien “Cristo se forjó como hombre” y que llega a ser un hombre admirado, seguido, incluyente y subversivo de los valores y cánones socioreligiosos de su cultura. Ciertamente habrá formado su ser personal y su misión evangelizadora en su fuente familiar y ancestral, en donde José representa “el padre tierno” y de la “valentía creativa”.
La masculinidad que, en general, hoy conocemos se construye hacia afuera: demostrando, ostentando, teniendo, controlando, explicando, todo sin contactar con nuestros más íntimos anhelos, yendo a toda velocidad por la vida. San José representa para nosotros, un signo para atravesar nuestra vida, conectado con el silencio y con los sueños profundos que nos habitan, en donde asoma discretamente la voz de Dios que, a la par de nuestras búsquedas, va diseñando un futuro pintado de humanización plena, susurrándonos siempre: “No temas”.
Impulsando la oración
Al iniciar su pontificado, el Papa Francisco llegó a Roma con una imagen muy significativa para él, la de san José durmiente, bajo la cual, dicen, el Papa coloca por escrito sus más sentidas intenciones.
¿Qué representa hoy la oración en un tiempo atravesado de muertes, corrupciones y destrucción del entorno que nos da vida? ¿Dónde está Dios en esta pandemia?
En tiempos de derrumbes y reconstrucciones, el pueblo creyente está reafirmando su fe en el Padre-Madre creador, que no castiga, que es bueno y misericordioso, que está siempre con nosotros, es el Emmanuel; creemos y confiamos en Jesús de Nazaret que viene a darnos vida en abundancia y se compadece de los que sufren; creemos y confiamos en un Espíritu vivificante, Señor y dador de vida. Y esta fe no es una conquista, es un don del Espíritu del Señor, que nos llega a través de la Palabra en la comunidad eclesial y en el testimonio y entrega de los médicos y sanitarios, en todos los que, en estos días, colaboran y ayudan para solucionar problemas. Está en los que rezan por los demás, en los que difunden esperanza sin ruidos, “custodiando la vida”.
San José supo encontrar y relacionarse con Dios en situaciones adversas de exilio, rechazo y confusiones internas, creyendo en Él como verdad que crece en medio de las convulsiones de la historia y colaboró con un aporte original. “Muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia” (PC 4).
“La vida espiritual de José no nos muestra una vía que explica, sino una vía que acoge. Sólo a partir de esta acogida, de esta reconciliación, podemos también intuir una historia más grande, un significado más profundo” (PC 4).
Quizás nuestra pandemia (Covid-19) nos ayude a encontrar a Dios donde no lo esperábamos y, como san José, redireccionar nuestra relación y comunicación con un Dios presente en la dimensión más honda de la realidad y de toda persona, siempre compasivo y amante de la Vida.
¡Que san José nos conceda “gracia, misericordia y valentía” para acoger y comprometernos con la profunda significancia de este tiempo, vientre de los sueños de Dios!
Roberto Duarte svd
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Roberto Duarte, Hermano Religioso de los Misioneros del Verbo Divino, es argentino, desempeña su tarea misionera desde 1995 en el Ecuador. Ha sido formador de postulantes; actualmente, sigue como facilitador en el área de formación inicial de la CER: Es coordinador del área de JUPIC de los Misioneros del Verbo Divino en el Ecuador. Es miembro de la Red de Terapeutas del Ecuador. Está haciendo una Maestría Internacional de Psicología Holística.
(Fuente: Revista Spiritus, Nº 243)
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