El 8 de diciembre se celebró la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, festividad que nos invita a seguir su ejemplo en nuestro camino de adviento que hemos iniciado. María es ejemplo para todos los cristianos, en estos tiempos en que vivimos tantas situaciones de incertidumbres y desalientos, porque ella nos enseña a confiar en el amor de Dios que siempre nos acompaña y sostiene. Es oportuno que podamos contemplar la belleza del corazón de María para fortalecernos espiritualmente y prepararnos para las adversidades de la vida.

En la fiesta de la Inmaculada Concepción, contemplamos desde nuestra fe, con alegría y gozo, a María a quien llamamos “la llena de gracia” (Lc 1,28). El primer paso para caminar hacia la Navidad, es contemplar la gracia de Dios que siempre nos acompaña en la vida. Como nos anima nuestro Papa Francisco: “Dios la miró desde el primer instante en su designio de amor. La miró bella, llena de gracia”. El poder contemplar la belleza de la elección que Dios hace a favor de María y hoy también a favor de cada uno de nosotros, es motivo de alegría, gozo y esperanza. Es esta felicidad de la presencia viva de Dios que nos abre el camino hacia la Navidad.

María nos enseña a vivir este camino hacia la Navidad desde una espera gozosa. Es una espera que siempre nos anima, porque confiamos plenamente en las promesas de nuestro Dios que nos asegura la venida del Señor en nuestras vidas. María fue elegida de entre toda la humanidad y preservada para ser la Madre de Dios. Ella nos manifiesta el amor inagotable de Dios para la humanidad entera.

La fiesta de la Inmaculada Concepción nos invita mantener un espíritu orante en este tiempo de adviento, para conservar viva la comunión con Dios a ejemplo de María. Es el deseo profundo para que se cumpla la voluntad de Dios en nuestras vidas. María nos enseña a tener un oído atento a la voz del Espíritu Santo que orienta y guía nuestra vida. Es lo que nos da serenidad y paz ante tantas situaciones particulares que enfrentamos y nos permite decir con confianza que aceptamos que todo ocurra según las intenciones y designios del mismo Dios.

María nos invita a tener un corazón humilde frente a los misterios de Dios en la vida. Ante el anuncio del Ángel, ella a pesar del temor e incertidumbre confía en el plan de Dios en todo momento y da un Sí definitivo respondiendo: “He aquí la servidora del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Es la humildad que nos permite estar abiertos al proyecto de Dios en nuestra vida, siendo instrumentos del Padre, en la misión que nos toca enfrentar en esta tierra.

María nos recuerda que somos el proyecto de amor de Dios que se va renovando año a año. Cada adviento nos invita a abrir el corazón para contemplar la novedad de Dios para el próximo año. Nos impulsa a centrarnos en lo que Dios quiera decir a cada persona, cada familia y a cada país. Una mirada desde la confianza plena en el amor de Dios nos irá clarificando tantas situaciones que nos permitirá celebrar esta próxima Navidad en familia.

Ojalá que en este tiempo nos acerquemos a este proyecto de amor desde nuestra oración personal, contemplación de los grandes misterios de la fe, renovación y vivencia de la Eucaristía, para ir renovando nuestra experiencia personal y comunitaria de la fe. Dejemos que el misterio del amor de Dios nos transforme como lo hizo con María. Cada año ella nos invita a crecer en la belleza interior que va profundizando la obra maravillosa de Dios en nuestras vidas.

Dejemos en esta fiesta que María nuestra madre, sea el ejemplo de humildad, confianza y entrega, para que podamos imitarla en nuestro diario accionar. Que la Palabra de Dios nos fortalezca y regale esperanza y paz en este tiempo de adviento.

P. Juan Rajimon svd


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