El próximo 11 de febrero se conmemora la Jornada Mundial del Enfermo, que fue instituida por iniciativa del Papa Juan Pablo II desde el año 1992, para tomar consciencia de la importancia de ponernos al servicio del otro, del prójimo, para ayudarlo y acompañarlo en su necesidad y sufrimiento. Es una oportunidad para reflexionar sobre nuestras situaciones de enfermedades y dolores que estamos atravesando, especialmente en este tiempo de pandemia, y transformarlos en esperanza desde nuestra fe.

Más de una vez no logramos entender con claridad el verdadero sentido del dolor y el sufrimiento en la vida. A menudo, vivimos con cierto resentimiento y angustia los momentos de adversidad y otras tantas veces hay personas, que lo consideran como un verdadero castigo. Son momentos en que muchas veces cuestionamos el sentido de nuestra propia existencia.

Más allá de las distintas formas en la que percibimos la realidad del dolor y la enfermedad, nos damos cuenta de que esta parte de nuestra esencia es humana y con ciertos límites. Es el momento en que entramos en contacto con nuestras fragilidades y debilidades como personas humanas y nos damos cuenta de los límites que acompaña nuestra humanidad.

Tantas situaciones que nos traen dolor e incomodidad, como las catástrofes naturales, las enfermedades y la misma muerte, son hechos que nos llevan al desconcierto e incomprensión. A pesar de la sensación de injusticia o negatividad, que para muchos despiertan estas situaciones, en el fondo nos damos cuenta de que es un verdadero misterio, que solamente se puede comprender desde la fe y la confianza en Dios.

En cada situación de dolor que atravesamos, nos damos cuenta de que el dolor cuando pasa por la aceptación de nuestra condición humana, es cuando damos el primer paso para la sanación del mismo dolor. Toda situación de dolor impacta, no solamente en el cuerpo, sino en nuestro ser en su totalidad. Muchas de las dolencias físicas se transforman en grandes sufrimientos y la fe en Dios nos acerca al amor y la misericordia de nuestro Padre.

Frente al dolor de la enfermedad y el sufrimiento de nuestros seres queridos, la mejor manera de acompañarlos nos enseña el mismo Jesús, que en la parábola del buen samaritano, se detiene y se pone al servicio del herido, tendido al borde del camino. Es la ternura de Dios lo que sana la herida de la soledad y el abandono.

Que este tiempo de pandemia, sea una verdadera oportunidad para descubrir al projimo que clama por misericoridia y una mano generosa para seguir viviendo, especialmente los ancianos, abandonados, y los más vulnerables de nuestra sociedad.

Busquemos en nuestros momentos de enfermedad, que van acompañados por la soledad y el abandono, ser sostenidos por las palabras del mismo Jesús que nos dice: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. Las fragilidades humanas, cansancios, debilidades y agobios, son llevaderos cuando hay una profunda fe en la persona de Cristo que nos redime de todo dolor. El Papa Francisco nos anima a “superar nuestras indiferencias y abrazar a cada persona en su condición de salud, sin descartar a nadie, para experimentar la ternura”.

Que este tiempo de pandemia que estamos atravesando, sea una verdadera oportunidad para conectarnos con nuestra humanidad y así vivir un profundo amor fraterno que sana las heridas del hermano, sin abandonar ni excluir a nadie, especialmente, los más frágiles y olvidados de nuestra sociedad.

P. Juan Rajimon svd