
La Iglesia dedica el mes de septiembre a la Biblia, dándonos la gran oportunidad para acercarnos a la Palabra de Dios y colocarla como el centro de nuestra vida espiritual. Es oportuno que podamos reflexionar sobre el valor y la fuerza de la Palabra de Dios en nuestra vida de cristianos y aprovechar para que este mes, sea un tiempo de crecimiento espiritual para nuestras familias y comunidades.
En medio de tantas situaciones que vivimos a causa de la pandemia, la Palabra de Dios es la fuerza y el aliento que necesitamos. San Pablo en su carta a los Filipenses nos invita a fortalecernos con el poder de la Palabra, que nos asegura la alegría y la paz que viene de la fuerza del espíritu que transmite la misma Palabra: “Por lo demás, hermanos, fíjense en todo lo que encuentren de verdadero, noble, justo y limpio, en todo lo que es fraternal y hermoso, en todos los valores morales que merecen alabanza”. (Fil 4,8)
La meditación de la Palabra de Dios nos ayuda a orientar la vida, a partir de lo que la Palabra nos anuncia. Cada vez que leemos, pensamos y meditamos la Palabra, también nos dejamos identificar con ella.
Como nos dice la carta de San Pablo a los Corintios, cuando hacemos que nuestro corazón sea un santuario de la Palabra, nos vamos transformando interior y exteriormente, de tal forma que reflejamos en nuestros rostros el poder y la gloria del mismo Cristo: «Todos llevamos los reflejos de la gloria del Señor sobre nuestro rostro descubierto, cada día con mayor resplandor, y nos vamos transformando en imagen suya, pues él es el Señor del espíritu». (2 Cor 3,18)
Es la gran libertad interior que vamos adquiriendo por la gracia de la fe. En la medida que vamos contemplando el camino de vida que nos regala el mismo Jesús, nos damos cuenta que la contemplación de la cruz y la resurrección de Cristo, nos darán la fuerza para no desanimarnos frente a tantas situaciones de nuestras cruces y sufrimientos que padecemos todos los días. La luz de Cristo va iluminando nuestras oscuridades de la vida y llenándonos de alegría y esperanza.
Para que la Palabra de Dios sea nuestra fuerza interior, es necesario que podamos dedicar algún momento del día para su lectura y practiquemos el ejercicio de dejarnos guiar por el mensaje que ella nos presenta. Los animo a que hagamos honor a la Palabra de Dios, entronizándola en cada hogar, para que a partir de esta experiencia cercana a la Palabra, la tomemos como un estilo constante en nuestra vida. Que no se limite sólo a un mes en el año, sino sea el inicio de un verdadero acercamiento a la Palabra.
Es que la Palabra de Dios nos ayudará a discernir los acontecimientos de la vida desde la fe en Cristo. En estos tiempos de tantas propuestas, la Palabra de Dios es el faro que orienta nuestro actuar de todos los días. Quien escucha la palabra de Dios y se remite siempre a ella, pone su propia existencia sobre un sólido fundamento. «Todo el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, -dice Jesús- puede compararse como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca» (Mt 7,24): no cederá a las inclemencias del tiempo.
Qué bueno que podamos aprovechar este tiempo de gracia para dar a la Palabra de Dios la centralidad que merece en nuestra vida, para que se fortalezca nuestra fe y nos dejemos conducir por el amor de Cristo. La práctica de la lectura de la Palabra nos ayudará a enriquecernos y fortalecernos como comunidad, para que el amor de Cristo que irradia su Palabra, ilumine nuestro caminar de cada día.
P. Juan Rajimon svd
