Estamos finalizando el mes de enero y pronto retomaremos todas las actividades propias de este 2023. Estos últimos días de descanso son una oportunidad para reflexionar sobre el valor de la amistad que enriquece nuestras relaciones interpersonales, tanto en el hogar como en los lugares de trabajo y espacios sociales que compartimos con las personas que nos significan en la vida.

Es oportuno que en este tiempo podamos reconocer la riqueza y el gran valor que tienen aquellas personas que nos acompañan con un consejo, una palabra de aliento y una idea en los momentos claves de nuestra vida, iluminándonos y dándonos esperanza cuando los problemas y dificultades nos pesan. Cada vez que nos animamos a compartir la vida con el otro desde el amor y la generosidad, crecemos en el vínculo mutuo que se transforma en entrega. Nos recuerda la Palabra de Dios en el evangelio de San Juan: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,12-13).

En el compartir de la amistad podemos encontrar en el otro la presencia de un Dios que nos ama, un sentido profundo y humano de ser hijos y estar unidos en el corazón. La amistad vivida desde la entrega y la generosidad nos da la certeza de que pase lo que pase, no estaremos solos. El mismo Jesús nos regala su amistad llamándonos amigos: “Ustedes son mis amigos” y “Los llamo mis amigos” (Juan 15,14-15), vinculándonos en la fe y en amor con el Maestro.

En el compartir de la amistad se logra el crecimiento mutuo, de tal modo que cada uno pueda desarrollarse en plenitud. La amistad es un don de Dios que debemos cultivar conscientemente desde el compartir de los momentos sencillos de la vida. Es el mismo Dios quien abre nuestro corazón a la amistad, que nos permite un vínculo de confianza en Dios, en la fe y la alegría de vivirla con nuestros seres queridos, en familia y en comunidad.

La amistad se fortalece estando cerca uno del otro, haciendo que la rutina no quite la riqueza que encierra cada persona. La comunión que se vive en cada hogar en compañía de nuestros seres queridos, nos regala momentos felices y alegres en medio de tantos otros momentos de dolor y preocupación. En estas experiencias que se comparten se fortalecen los vínculos de amor y amistad. También se sanan los vínculos de amistad rotos por los desencuentros que son parte de la cotidianeidad. El diálogo y compartir sincero nos ayudan a ver las cosas de otra manera y nos da ánimo, aliento, para seguir avanzando en la vida.

La amistad que se vive y comparte en cada hogar es la primera escuela de generosidad y amor. Es querer estar cerca uno del otro a pesar de los defectos y fragilidades, impulsando siempre para sacar lo mejor de cada uno. La Palabra de Dios nos anima a vivir un amor generoso, aceptando y perdonando al otro, así como son. Ante la pregunta de Pedro: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?”… El mismo Jesús responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Estamos llamados a amar y perdonar, que es la clave de la convivencia cristiana.

La amistad nos lleva a desear y buscar el bien de aquellos a quienes amamos y los tenemos presentes en nuestras oraciones. Rezar juntos y rezar unos por otros fortalece nuestros vínculos de amistad con Dios y con nuestros seres queridos.

Que la amistad vivida en cada hogar en este tiempo de descanso, nos ayude a soñar un mundo mejor y que nos dé fuerzas para seguir hacia adelante. ¡Que la amistad compartida enriquezca el milagro de la vida!

P. Juan Rajimon svd