
Cada 19 de marzo, honramos a San José, patrono de la Iglesia universal. En esta celebración es oportuno que podamos reflexionar sobre su vida y los valores que él nos enseña para nuestra vida cristina, redescubrir el valor de la presencia y la responsabilidad.
José no fue un protagonista de grandes discursos, sino el hombre del «sí» silencioso y laborioso. Es el modelo de quien asume, con una fidelidad discreta pero inquebrantable, la misión de proteger lo más sagrado. En un mundo que a menudo nos empuja a la prisa y al desapego, José nos enseña que amar es, ante todo, cuidar.
El Papa León XIV nos regala una hermosa definición de este vínculo: “No se cuida sin estar presente, y no se está presente sin asumir la responsabilidad del otro”. Estas palabras nos desafían y recuerdan que la atención auténtica no se improvisa, nace del compromiso concreto de poner el cuerpo y el alma allí donde la vida nos necesita.
Nuestra vocación como cristianos, insiste el Santo Padre, “está orientada a generar comunión entre las personas”. Y esa comunión no es una idea abstracta, sino que se construye día a día, abriendo las puertas de nuestras casas y de nuestro tiempo para ofrecer escucha, hospitalidad y ayuda a quien camina a nuestro lado.
En medio de tantas incertidumbres que vivimos como sociedad, la figura de San José nos pide renovar el modo en que nos relacionamos. A veces miramos a los jóvenes como un proyecto a futuro, pero ellos, como dice el Papa, “constituyen ya su presente vivo y generativo”.
Acogerlos como lo hizo José con el Niño Jesús implica detenerse. Significa mirar sus realidades sin prejuicios y reconocer que en sus sueños y búsquedas también sopla el Espíritu. Sólo si somos capaces de brindarles espacios de presencia real, podrán ellos crecer con la esperanza y la responsabilidad necesarias para transformar el mundo.
Nuestras familias, parroquias, escuelas y lugares de trabajo no son sólo edificios, son espacios donde se forja nuestra identidad, porque es allí donde se ejerce la presencia. “Estar presentes en la vida de los demás significa compartir tiempo, experiencias y significados”, como nos recuerda el Papa León XIV.
Cuando ofrecemos referencias estables y afectos sinceros, permitimos que los demás se desarrollen y florezcan. La Sagrada Familia es nuestra gran maestra: nos muestra que cualquier comunidad, por pequeña que sea, puede redescubrir su vocación de servicio si se vuelve acogedora.
San José nos invita a buscar permanentes a Dios en la vida. Así lo vivió el mismo con su hijo Jesús, frente a esa sensación de extravío. El Papa nos anima a “buscarlo con confianza, con el valor de recorrer caminos inexplorados, mirando el mundo con ojos nuevos, llenos de esperanza”. Esa búsqueda nos exige salir de la comodidad de nuestras certezas para abrazar la «responsabilidad abierta del encuentro».
Cuidar, al estilo de José, es estar al lado del otro respetando su libertad y cargando, si es necesario, con sus fragilidades. Es una actitud que refleja al mismo Dios, el guardián eterno de su pueblo. Si hacemos de la presencia y el cuidado las dos lámparas de nuestro caminar, abriremos senderos de santidad que no buscan el propio brillo, sino la fraternidad.
San José nos enseña una espiritualidad práctica: la fe se juega en la proximidad y en el servicio humilde. Celebrar a San José es, por tanto, renovar el compromiso de estar, –con obras y con palabras– al lado de los que necesitan refugio y esperanza. Que él interceda por nosotros para que caminemos siempre con la confianza puesta en la Divina Providencia.
P. Juan Rajimon svd
