
El 25 de marzo celebramos la fiesta de la Anunciación del Señor, que nos invita a contemplar el gran misterio de la salvación entrelazado con la fragilidad y la grandeza de la historia humana. En un mundo que vive transformaciones vertiginosas, el anuncio del ángel a María sigue siendo ancla de esperanza, nos recuerda que Dios no es un espectador lejano, sino un Padre que interviene, se encarna y camina junto a nosotros.
La centralidad de esta solemnidad radica en la irrupción de lo divino en lo cotidiano. Dios envía al arcángel Gabriel no a un palacio, sino a la sencillez del hogar de Nazaret. Allí, el sí generoso de María, –la “llena de gracia”– permite que el Verbo se haga carne (Lc 1,26-38). Ese consentimiento no fue un acto pasivo, sino una entrega libre y valiente que restablece la amistad entre el Creador y la criatura, abriendo de par en par las puertas del cielo.
En un contexto mundial marcado por conflictos armados, por intereses económicos que priman sobre el bienestar del ser humano y por avances tecnológicos que desplazan a millones de jóvenes del mercado laboral, la figura de María emerge como modelo de amor fraterno y escucha atenta a la voz del Padre. Ella nos invita a confiar en la divina Providencia ante las incertidumbres de la vida.
Hoy recordamos el ejemplo de fe y entrega de María y nos unimos a ella para decir “sí” a la voluntad de Dios en nuestras propias vidas. Se trata de un “sí” radical, nacido de la confianza en el amor divino. Desde esa actitud, todos estamos llamados a un compromiso de fe en un mundo lleno de incertidumbres: vivir con una profunda disposición de servicio amoroso al proyecto de Dios, trascendiendo los vaivenes humanos a la luz de la fe.
Estamos llamados, por tanto, a imitar esa apertura a la gracia. En medio de las mociones que el Espíritu Santo suscita día tras día, nuestra respuesta debe nacer de una contemplación profunda. No se trata sólo de comprensión intelectual, sino de una disposición del corazón que define nuestra identidad cristiana: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Estas palabras de María son la llave que permite que Dios seguir haciéndose presente en nuestra cotidianeidad.
Esta solemnidad nos invita a trascender los acontecimientos puramente humanos y a leerlos a la luz de la fe. No somos náufragos en el mar del tiempo, sino colaboradores libres en un plan de amor que nos precede y nos supera. El Papa Benedicto XVI nos recordó seguir los pasos de María en nuestra vida: “Conviene fomentar la valentía de tomar decisiones definitivas, que en realidad son las únicas que permiten crecer, caminar hacia adelante y lograr algo importante en la vida, son las únicas que no destruyen la libertad, sino que indican la justa dirección en el espacio”.
Que María, Madre del Verbo Encarnado, nos enseñe a transitar nuestras incertidumbres con la alegría de saber que Dios está con nosotros. Que su ejemplo nos inspire a ser portadores de la Buena Nueva que el mundo tanto necesita.
P. Juan Rajimon svd
