El llamado profético del Papa León XIV

En el marco del Domingo de la Divina Misericordia que nos invita a sumergirnos en el amor inagotable y sanador de Cristo, el Papa León XIV ha elevado un clamor profético y profundamente conmovedor desde la tumba de San Pedro. En un mundo donde los equilibrios de la familia humana parecen desestabilizarse por el peso de la violencia y la intolerancia, su mensaje resuena como una súplica al Cielo, como un llamado urgente a la conciencia y a la acción de cada hombre y mujer de buena voluntad.
En este tiempo, el Santo Padre nos invita a profundizar en la oración al Altísimo como la fuerza transformadora de la humanidad. Frente a quienes consideran la oración como una mera vía de escape emocional ante realidades que nos superan, el Papa, iluminado con la fuerza de la Pascua, nos desafía a transformar radicalmente esta perspectiva: «La oración, de hecho, no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, no es un analgésico para evitar el dolor que desata tanta injusticia». Como cristianos, nuestra primera misión es elevar nuestras plegarias a Dios Todopoderoso con fe y confianza.
El Pontífice denuncia con firmeza, cómo el Santo Nombre de Dios –el Dios de la vida– es arrastrado hacia discursos de muerte, transformando a quienes deberían ser hermanos en una pesadilla de enemigos. En una crítica directa a la soberbia humana, advierte que quien da la espalda al Dios vivo termina convirtiendo su propio poder en un ídolo mudo, ciego y sordo, el cual sacrifica la dignidad del prójimo.
Haciéndose eco del grito desgarrador de San Juan Pablo II y de la sabiduría evangélica de San Juan XXIII, el Papa lanzó un imperativo moral y valiente a los gobernantes de las naciones: “¡Deténganse! Es tiempo de paz”. “¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación! No en mesas donde se planea el rearme militar”. “¡Escuchen la voz de los niños! Quienes sufren en su inocencia la inhumanidad de los conflictos”. Es un rotundo «¡Basta ya!» a la exhibición de la fuerza y a la idolatría del dinero, subrayando que la verdadera fortaleza reside únicamente en el servicio y en el respeto sagrado a la vida humana.
El llamado a la paz, no es exclusivo para las altas esferas del poder mundial. El Papa nos interpela a todos, como inmensa multitud que repudia la violencia, a asumir nuestro lugar insustituible en convertirnos en “artesanos de la paz”. Mientras las grandes instituciones deben ocuparse de la «arquitectura» diplomática, a nosotros nos corresponde la labor paciente y transformadora del día a día: En nuestros hogares, en las escuelas, barrios, en las comunidades y pueblos.
Debemos permitir que la oración actúe en nuestro interior para convertir «lo que queda de violencia en nuestros corazones» y arrebatarle terreno a la polémica mediante la amistad y la cultura del encuentro. Como el tejido que avanza en un telar o la roca que se esculpe gota a gota, la paz se construye «palabra tras palabra, gesto tras gesto», respetando siempre la paciencia de Dios.
Al celebrar esta Fiesta de la Divina Misericordia (segundo domingo de Pascua), el Papa nos recuerda que la Iglesia está llamada a ser, hoy más que nunca, una inmensa «casa de paz» al servicio de la reconciliación, dispuesta a anunciar el Evangelio incluso cuando el rechazo a la lógica bélica atraiga incomprensión o desprecio.
En estos tiempos difíciles, unámonos a la invitación del Papa, inspirándonos en «la confianza de María, que con el corazón desgarrado estaba al pie de tu cruz, firme en la fe de que resucitaría». Que este ruego nos impulse a orar sin desanimarnos, pidiendo al Espíritu Santo que «convierta en hermanos y hermanas a los adversarios», saliendo al encuentro de un mundo herido con la certeza absoluta de que el amor de Cristo Resucitado, siempre tiene la última palabra.
P. Juan Rajimon svd
