Hemos llegado al final de un gran evento que el mundo entero vivió con pasión, olvidando las diferencias por unas semanas. Como argentinos, tuvimos la enorme alegría de volver a estar en una final de la Copa del Mundo. Más allá de no haber conseguido la copa, se valora el gran esfuerzo de todo un equipo, que nos enseña con su ejemplo entrega y sacrificio.

Con el mundial terminado y los ruidos apagándose, llega el momento de una mirada interior para seguir aprendiendo de la hermosa experiencia vivida como país. Este acontecimiento nos invita a mirar más allá de lo visible: a emprender un viaje hacia el interior, hacia nuestro espíritu. Al final del día, esos grandes esfuerzos colectivos funcionan como un espejo de lo que vivimos cotidianamente.

A veces pensamos que esas metas solo pertenecen a personas especiales o elegidas. Pero al ver a millones de almas unidas en un mismo deseo, compartiendo esperanza y angustia, descubrimos algo bello: los seres humanos fuimos hechos para conectar. Necesitamos creer en algo más grande, tener fe y sentirnos parte de una familia humana. Este gran logro nos deja tres enseñanzas sencillas pero poderosas para alumbrar nuestro propio camino espiritual.

La primera es que el dolor tiene un propósito. Nadie alcanza un gran sueño sin pasar antes por el desierto de la duda, el cansancio o las ganas de abandonar. En un mundo que exige resultados rápidos y fáciles, esta historia nos recuerda que caerse es parte del viaje. La fe no es la certeza de que todo saldrá bien, sino la fuerza para seguir cuando ya no quedan fuerzas. Creer en lo que aún no vemos y transformar la frustración y el desencanto en esperanza, es el verdadero milagro que todos podemos realizar.

La segunda enseñanza es el milagro de estar juntos. Hoy vivimos muy conectados a las pantallas, pero con frecuencia nos sentimos solos, el individualismo parece ganar terreno. Sin embargo, el fútbol nos enseña el valor de borrar diferencias y reconocernos como hermanos y como parte de un gran equipo. El abrazo entre desconocidos demuestra que fuimos creados para vivir en comunidad. Encontramos sentido cuando dejamos de pensar solo en nosotros y nos abrimos al dolor y a la alegría del otro.

Por último, todo resultado –sea una victoria o una pérdida– nos habla de humildad. Las medallas y los trofeos se guardan y se llenan de polvo, pero la grandeza del alma permanece. Los momentos más emocionantes no fueron los premios, sino el abrazo sincero al que está al lado, la ayuda mutua que alivia el peso del compañero y el acto de dejar el orgullo para que el grupo salga adelante. Eso es amor en acción, una lección de generosidad que tanto hace falta en nuestro mundo.

Ahora que ha terminado la euforia del mundial, comienza un verdadero desafío para cada uno de nosotros. La pregunta que queda en el corazón es: ¿seremos capaces de llevar esa misma fe, unión y paciencia a nuestros hogares, seres queridos, trabajos y lugares que compartimos diariamente?

Que la experiencia colectiva que hemos vivido en este mundial, nos anime a asumir el compromiso de mantener encendida la luz de la fe y la esperanza, para lograr victorias en cada situación de nuestra vida y en cada rincón de nuestra patria.

P. Juan Rajimon svd


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