Iniciar este nuevo semestre no es simplemente continuar con un calendario académico o la reapertura rutinaria de las aulas, es, fundamentalmente, una nueva y valiosa oportunidad que Dios nos regala para crecer, sanar, aprender y, sobre todo, para seguir construyendo comunidad.

Como todo comienzo, este reinicio de actividades presenta una ocasión inmejorable para seguir creciendo, fortaleciéndose y forjando el futuro. Por ello, quisiera reflexionar sobre algunos aspectos esenciales de nuestra vida cotidiana que nos pueden ayudar a afrontar con éxito, resiliencia y mucha fe este importante tramo del año.

En primer lugar, todo comienzo está íntimamente ligado a los sueños que llevamos juntos como personas y como familias. Es el momento de poner como prioridad el estudio, pero siempre conservando encendidos esos grandes anhelos. Cada estudiante, además de cobijar sus propias expectativas, es el sueño vivo de una familia entera y de un país que confía en su potencial. Para que estos anhelos se cumplan, hay que poner manos a la obra. El estudio no debe tomarse como una obligación pesada, ni un trámite burocrático, sino como la herramienta pacífica más revolucionaria que tienen a su disposición para transformar su propia realidad. La fe siempre nos recuerda un mandato inspirador: ¡no dejen nunca de soñar! Sueñen con ser felices, sueñen con elegir la profesión que amen de corazón y sigan apostando con valentía por quedarse a construir una Argentina mejor, más justa y solidaria. Estudiar hoy con seriedad, compromiso y transparencia es el modo más concreto y digno de rebelarse contra la mediocridad y la desesperanza ambiental que a veces nos rodea.

En segundo lugar, debemos tener muy presente que todo sueño verdadero se cumple no en la soledad, sino en la cálida compañía de amigos y compañeros de camino. En medio de las obligaciones, no se olviden de levantar la mirada y cuidar activamente a aquel compañero que hoy necesita de solidaridad y fraternidad. Sabemos que, en tiempos difíciles, la tentación más fuerte suele ser encerrarse en uno mismo, levantar muros de indiferencia o caer en el individualismo. Sin embargo, la propuesta central del Evangelio es exactamente contraria: salir al encuentro y estar profundamente atentos los unos a los otros. Les pido que en el aula sepan escuchar más, dialogar mejor y acompañar sin juzgar. Si ven a un compañero desanimado, que siente que no puede más, que quiere abandonar las materias o que está atravesando un mal momento familiar, tiéndanle la mano sin dudar. Nadie se salva solo, nos salvamos, crecemos y aprendemos en comunidad.

Finalmente, así como lo vivimos todos juntos en el final de la última Copa Mundial, la vida misma es un escenario que tiene alegrías y penas, éxitos resonantes y fracasos temporales. Por ese motivo, es vital custodiar el corazón contra el desaliento.

El segundo semestre suele traer consigo la presión ineludible de los exámenes finales, las entregas acumuladas y la preocupación por los promedios. Frente a esa ansiedad, el mensaje es claro: no dejen que las notas académicas definan su inmenso valor como personas. Su vida y su juventud son, ante todo, tierra sagrada para Dios. En un mundo donde abunda el ruido, desactiven las palabras agresivas, eviten los enfrentamientos constantes que desgastan los vínculos y mantengan siempre limpia la mirada.

Pongan todo el esfuerzo humano posible en sus responsabilidades diarias y dejen el fruto en manos del Señor, que los ama profundamente y los quiere llenos de vida.

P. Juan Rajimon svd


Descubre más desde SVD Argentina

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.