Los recientes mensajes de violencia en nuestras escuelas son un síntoma de una realidad más profunda. La escuela no es una burbuja; es el reflejo de lo que nuestros niños y jóvenes viven y consumen a diario.

Los acontecimientos de esta última semana en las escuelas del país, han generado una profunda preocupación y nos impulsa a unirnos para orientar a nuestros niños y jóvenes. La alarmante «moda» de escribir amenazas y mensajes de violencia en los colegios, no es un simple acto de rebeldía, sino un grito silencioso que exige nuestra atención. Como educador, observo esta dolorosa realidad buscando comprenderla, para guiar a los jóvenes hacia una sociedad libre y pacífica. Debemos preguntarnos con absoluta franqueza: ¿Qué nos están pidiendo a través de estas oscuras palabras?
La escuela no es una burbuja aislada. Es, más bien, la caja de resonancia de las realidades que los chicos viven, respiran y consumen a diario. Estos mensajes son el síntoma de una enfermedad más profunda en nuestro tejido social. Si nos centramos sólo en las expresiones aisladas, nos alejaremos del verdadero abordaje, necesitamos un cambio radical para desterrar la violencia de nuestra cotidianidad.
Hablo de la violencia que trágicamente hemos normalizado en el trato dentro de nuestros hogares, en discusiones agresivas y en la impaciencia diaria. También me refiero al acceso ilimitado –y muchas veces sin supervisión– a videojuegos, redes sociales y programas cuyo principal atractivo es la destrucción. Les ofrecemos una dieta constante de hostilidad y luego nos escandalizamos cuando sus palabras reflejan ese mismo menú. A esto se suma un vacío espiritual que deja a los jóvenes a merced del ruido y la falta de un sentido trascendente.
Las familias tienen un rol fundamental en esta tarea. Es vital que los padres asuman con valentía su rol irremplazable. Ninguna escuela ni institución estatal puede sustituir el amor, los límites y la guía que provienen del hogar. La Palabra de Dios nos recuerda: «Instruye al niño en su camino, y aún cuando fuere viejo no se apartará de él» (Prov 22,6). Instruir hoy, significa estar presentes. Implica tener la valentía de apagar las pantallas para encender el diálogo y conocer qué sienten, miran y juegan nuestros hijos. Un límite puesto a tiempo, desde el amor, es un abrazo que protege y orienta.
En este esfuerzo conjunto, es fundamental también el rol de los medios. Frente a estos hechos dolorosos, ojalá no cedan a la tentación de tergiversar la información o exacerbar el sensacionalismo para generar pánico y obtener mayor rating. Tienen la inmensa responsabilidad ética de informar con verdad y transparencia, facilitando herramientas de comunicación que ayuden a la resolución de conflictos sin violencia y que generen armonía. Como enseñaba San Juan Pablo II, la comunicación debe estar siempre al servicio de la dignidad humana, sanando divisiones en lugar de profundizarlas.
Finalmente, como sociedad necesitamos una profunda conversión. Es comprensible, por el miedo, pararse en la vereda de enfrente y exigir: «¡Necesito seguridad para mi hijo!». Sin embargo, el reclamo pasivo es insuficiente. La verdadera seguridad es un entramado social que construimos entre todos. Lo hacemos cada vez que somos menos violentos en la calle, más tolerantes con el vecino y fomentamos una vida arraigada en los valores del Evangelio. El Papa Francisco nos interpela: «La violencia no es la cura para nuestro mundo destrozado… Necesitamos hogares que sean auténticas escuelas de paz y misericordia».
Construir una sociedad segura es una tarea artesanal diaria. Dejemos de ser meros espectadores, para convertirnos en constructores de paz. Que Dios bendiga a nuestras familias, ilumine a nuestros jóvenes y comunicadores, y nos conceda la fuerza para transformar nuestra sociedad desde el amor, la responsabilidad y la verdad.
P. Juan Rajimon svd
